Aunque suene a tópico, lo primero que haré sera
anunciar lo que muchos ya supondréis que voy a decir: no es culpa mía. Y
aunque quizás lo sea (y mi vaga menta baraja tal posibilidad, creedme,
sólo que no le da tanta importancia como a la trayectoria de estas
palabras) yo sigo defendiendo mi inocencia. La culpa es del
aburrimiento, del tedio. Él me impulsó a hacerlo.
Pero no le acusen tan a la ligera; sé que tiene sus
razones para considerarse libre de culpa tan bien como sé que no le
faltan argumentos para defender la necesidad de haber llevado a cabo tal
atrocidad. Al fín y al cabo es un buen chico, siempre saluda, hace
deporte, come variado (con sus cinco raciones de frutas y verduras al
día... ¡como mínimo!) y lee mucho. Así que suponiendo que sea el tedio
el culpable, no creo que sea merecedor de castigo alguno, ya que es una
buena persona.
En realidad, la culpa es del padre del tedio. Aquel
carnal personaje, dueño de un inmoral carácter que le muestra tal y como
es ante los ojos de todo personaje que podamos concebir, fue el
encargado de fabricar a nuestro querido tedio. Así es como, en lo que a
mi respecta, es don Alfredo, el misántropo progenitor del tedio, quien
debería ser desollado (y alguna que otra cosita más, pero sin pasarse)
debido a tales crímenes.
Nachokage
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