Con un ruido a metal oxidado la cerradura de su celda se abre.
Unos pasos se acercan a el y le ayudan a levantarse. Por primera vez le quitan
la venda mugrienta que le impedía la visión y puede ver el lugar en el que se
encuentra.
Es una celda de
piedra diminuta, con el suelo recubierto de paja seca y descompuesta. Manchas de
algo que supone sangre están por todos lados. Unas cadenas caen del techo,
oxidadas tras años de abandono. Se encuentra mirando hacia el pasillo, largo y
oscuro. La persona que le ha quitado la venda está detrás de el y no alcanza a
ver su rostro. Un golpe en la espalda le indica que debe andar, así que por
primera vez sale de su celda y puede ver el pasillo. Es largo y estrecho, de la
misma roca sucia que la celda, así que supone que se encuentra en un pasillo
subterráneo. Está iluminado por una antorcha que le da al lugar un aspecto aún
más tétrico, salido de la mente de un maniaco. Recorre el pasillo empujado por
su carcelero durante lo que le parecen horas hasta que al final ve una puerta
de madera. Al llegar, su escolta personal se adelanta para abrir la puerta, revelando
al fin su aspecto. Es más alto, lleva una túnica larga de un color verdoso
con los bordes decorados en extraños símbolos,
irreconocibles. Su cabeza, tapada por una capucha, queda fuera de su visión.
Tras abrir la puerta, un destello de luz cegadora se cuela
hacia el pasillo, obligando a apartar la mirada. Cegado y sin saber dónde ir,
otro empujón le indica que avance. La luz cada vez es mas intensa, empieza a
quemar. Un instinto básico se apodera de el, necesita saber, conocer. Con el último
suspiro, abre los ojos para observar, ver la fuente.
Al soltar el suspiro, ya no es el.
Sam
Sam
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