-Chaser
jueves, 22 de octubre de 2015
Mi chaqueta empapada
-Chaser
Cuento de la caída
Cogito ergo sum
People, just people
Libidinosa conversación
—No lo sé, unas tres.
—¿No lo sabes?
—No... bueno, es que yo no cuento las veces que me masturbo.
—Claro, es que esa no debería ser la pregunta. La masturbación, en cuanto al procedimiento se refiere, es buena y placentera, pero...
—¿Pero? ¿Qué hay de malo?
—Que es un poco extraño, ¿no crees? A mí me parece raro. En mi caso es como cargar y descargar un fusil, muy pragmático.
—Se te va la olla.
—Sí, creo que sí. O a lo mejor no me he expresado bien, no debería haberte preguntado eso.
—No, pero lo hiciste.
—Tendría que haberte preguntado cuántos orgasmos has tenido hoy.
—¿Qué...? Se te vuelve a ir la cabeza.
—No, piénsalo. Los orgasmos son mucho más placenteros que el sube y baja de la masturbación, y no sé tú, amigo, pero yo recuerdo mejor lo que disfruto.
—Bueno, en eso tienes razón...
—Sí, la tengo. Pero no olvides que sin una cosa no hay la otra.
—Verdad. Por cierto, sí, tres veces.
Leithlis.
viernes, 14 de agosto de 2015
¿Crees que los insectos nos temen?
como una lluvia sucia sobre ruinas,
como los celos, el miedo.
Un frío de catacumbas,
un plan de delirio y astucia
apenas cruel frente al azaroso camino que nos atrapa.
Copas de vino caro embriagan una maldad inevitable,
la adrenalina inunda cuerpos inmóviles,
sus mentes corren en un desquicio frenético.
¿Qué es la muerte frente a la dominación?
¿Qué es la gloria frente a la esclavitud?
Un caballo deja atrás, veloz, a su hermano.
Temed a los insectos.
Chaser
domingo, 22 de marzo de 2015
Epílogo I
lunes, 9 de marzo de 2015
Sueños de una vida: Fragmento suelto I
jueves, 5 de marzo de 2015
Lumos
Las luces del suelo brillaban con luz propia. Había decenas de ellas y estaban puestas una junto a la otra guardando una distancia exacta de 10 metros. Si se miraban desde lejos , parecía un cielo más cercano con estrellas que se podían alcanzar.
La música sonaba demasiado bajo para que pudiese molestar, Acompañaba nuestros pensamientos porqué entonces ninguno de los dos hablaba. Ella conducia con la mitad de su atención en la carretera y la otra parte ves a saber dónde y yo, sentado en el asiento del copiloto, seguía con la vista a una pequeña luna burlona que no dejaba de sonreír en lo alto de aquél cielo de diciembre.
Veía señales de stop brillando por las largas de los faros, veía intermitentes y luces de freno en la lejanía. Había poco tráfico, poco que decir. El día me había dejado un mal sabor de boca, un horrible domingo que quería olvidar. Uno nunca estaba del todo contento.
Nos acercabamos a las farolas siguiendo ese decadente baile cósmico que nos volvía fugaces como los sueños. Nada iba a la misma velocidad, nada envejecía al mismo ritmo... Pero todas las canciones tenían que acabar.
Aparcó el coche bajo una farola y paró la música. El silencio pesaba demasiado; cada secreto, cada susurro al oído, todas esas cosas que nunca se pudieron decir las sentía y me costaba respirar.
Entonces las luces de las farolas empezaron a parpadear a la vez, a todas les faltaba ese algo que hace salir al sol cada mañana, esa esperanza que es capaz de romper toda inercia. Recuerdo sacar mi sonrisa más triste y levantar la vista al cielo mientras todas esas luces subían y las intentaba alcanzar con las manos