bajo el sonido sedoso de la luz naranja,
siento las playas de la india tan cerca y tan lejos.
Detrás de esa montaña resbalada por la brisa de frescor neutro y desnudo,
detrás de cien caminos, de desiertos y torrentes, pero al final tan solo a unos pasos.
Me abrazo a mi mismo en busca de las alas que me lleven a las profundidades de las historias,
anónimas,
llenas de humanidad,
maldad,
piedad.
Llenas de ansia de compartir los mil países que una vez cabalgaron los viejos reyes hacia guerras e imperios, gloria, poder y muerte.
¡Cuántas pasiones antiguas albergan los ojos del vacío estelar!
¡Cuántas agonías! ¡Cuánta perdidumbre! ¡Cuánta vida fugaz!
Cuantos centelleos de niñez prisionera.
Tumbado aquí, a la merced del conductor, deleitándome con la perspectiva onírica de rectas curvadas,
siento el mundo como una extensión de mis sentidos.
Siento mi alma mortal y libre de dioses preparada para abrazar, como viajera indomable,
cada día de lluvia,
cada morir en soledad,
cada manantial de tragedia,
y todas las noches de amor adolescente que se presenten en el camino.
Desde este verano que prometen los horizontes rocosos, el asfalto y los claros de nubes estrellados
y para siempre.
Chaser
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