“Te
quiero. No puedo esperar una hora más, no puedo esperar un día, y
menos aún una semana. Necesito decírtelo. Todas estas dudas... no
sé de dónde vienen. ¿Miedo? ¿Miedo a tu respuesta? ¿Miedo a una
negativa? Seguramente, aunque no sería la primera. No necesito verte
sonreír para saber que estoy enamorado de ti, me basta con saber que
eres tú quién hace que sea yo quien, con una sonrisa de oreja a
oreja, se sienta bien.
Con
tus picardías, con tus palabras subidas de tono, con esas
expresiones tan graciosas que tanto frecuentas, con esos gustos tan
disparatados (aunque quizás sea yo el loco farfullante que va de
callejón en callejón insinuando que son el resto los tarados), con
el descubrimiento de aquel gusto mutuo por un mundo fantástico sobre
el cual soñar, que hacen que divague por los más recónditos
rincones de mi imaginación para crear momentos que posiblemente
nunca sucederán, para llenarme de una esperanza, posiblemente falsa,
de que seré capaz de robarte una sonrisa en el momento en el que
menos te lo esperas, de que seré capaz de robarte un beso con la
estúpida excusa de tener algo en el ojo.
Porque
no me veo capaz de esperar hasta ese día. Me pides que aguante unas
interminables semanas de soledad, expectante, sin saber qué me
responderás. Y es algo que considero cruel. Porque, aunque no lo
sepas, aunque lo hagas sin querer, estás jugando con mi corazón (te
aseguro que hay pocos momentos en los que me sienta más estúpido
que al escribir esa última frase). Y estoy seguro de que algo has
notado, no puede ser que no te des cuenta. Soy tan malo disimulando
que acabo dejando de hacerlo. ¿Será por ello que no te das cuenta?
¿Es posible que sea algo tan obvio que te hace plantearte que no sea
cierto?”
¿Te
acuerdas de esa carta? Siento como si la hubiese escrito ayer. Estaba
tan inseguro, tan aterrado. Y ahora, cuando pienso en que no salió
tan mal, me doy cuenta de que valió la pena esperar. Vale que quizás
si hubiese sobrevivido a aquél accidente podríamos haber repetido
días como ese tantas veces como quisiésemos, e incluso quizás
quedar algún día para comer, ver una película y lo que tuviese que
surgir después, ya me entiendes. Pero tampoco estoy tan seguro de
que hubiese valido la pena sobrevivir. No me malinterpretes, me
hubiese gustado poder despedirme de toda aquella gente que esperaba
verme al cabo de media hora entrando por la puerta de casa, durante
la tarde siguiente en la facultad o en aquella cena de reunión de
los que estuvimos juntos en clase durante toda la secundaria, pero he
de reconocer que, en lo que a nosotros respecta, no era necesario
nada más.
La
forma en la que te encontré, mirando ilusionada aquellos discos que
yo tanto tiempo había mirado con desprecio, me llenó como persona.
De la misma forma que tú admirabas a tus ídolos, yo me admiraba a
mí. Me apreciaba, orgulloso, de haber podido dejar tales diferencias
de lado. Era feliz, porque me daba cuenta de que había sido capaz de
enamorarme de alguien como tú (no te lo tomes a mal, lo digo como
algo bueno, criticando mi antigua actitud y no tu forma de ser), algo
impensable meses atrás. El saltito que diste, aterrada, haciendo que
cayese al suelo la mitad de lo que había en los estantes que estabas
toqueteando justo antes de que te interrumpiese, no fue ni la mitad
de gracioso que ver tu cara enrojecida por la vergüenza. Nunca
llegué a saber si se debía a verme por primera vez o al hecho de
que acababas de tirar abajo el duro trabajo del dependiente que te
miraba como si hubieses matado a su hijo, aunque supongo que no me
queda otra opción que cargar con la duda. Entiende que desde mi
tumba se me complica un poco ir hacia donde estés para
preguntártelo. Últimamente no me muevo mucho.
El
momento en el que tiraste todo y te pusiste a arreglar lo que
acababas de hacer se me pasó en un segundo, no llegaste ni a
saludarme. Fue girarte hacia mí para instantáneamente ponerte a
recoger todo, como si lo hubieses tirado a propósito y lo tuvieses
todo planeado, los tiempos cuidadosamente calculados. “Perdón,
perdón...” te escuchaba decir. No parabas, creo que nunca había
escuchado a alguien repetir tanto las mismas palabras. E incluso
cuando intentábamos ayudarte tanto yo como el dependiente, pedías
disculpas para seguir recogiendo sin parar. No sé si te diste
cuenta, pero creo que él no quería que siguieras tocando a lo que
miraba como si fuesen “sus niños”, “sus criaturitas”. A
regañadientes conseguimos que dejaras de desordenar (sí, digo
desordenar, por si no te habías fijado, cariño, en una tienda de
discos éstos se colocan según cierto orden) aún más aquello que
ya habías dejado presa del caos.
No
tardamos mucho en salir, aunque supongo que si lo hubiésemos hecho
nos habrían echado, porque esas miradas que nos incitaban a
abandonar la tienda no eran precisamente debidas a la simpática
complacencia que se tiene con un cliente del montón de los que pasan
por ahí, compran algo y se van, y fue entonces, a los pocos segundos
de cruzar aquella puerta cuando, al fin, pude contemplar tu bella
sonrisa. La verdad es que nunca he sido capaz de entender a esas
personas como tú que de un momento a otro pasan, fugazmente, de
estar avergonzadas e incluso ahogadas en la culpabilidad a un estado
de radiante alegría injustificada. Muchas veces llego a pensar que
no sois más que mentirosos que fingís un sentimiento u otro según
os convenga. Despreocupada, cegabas a todo aquél que se atreviese a
mirarte directamente. Juraría que vi más de una cara que no
mostraba mi misma pasión febril por la curva que trazaban tus
labios, sino más bien un cierto pánico, dudando en lo más profundo
de su ser si tú, la poseedora de tan atractivo cebo, eras humana.
Casi
no habíamos cruzado palabra cuando me preguntaste por las clases.
Mira que tenía pocos puntos débiles, pero fuiste capaz de meter el
dedo en la peor de las llagas. Con evasivas intenté insinuarte que
no era algo de lo que quisiese hablar, pero tú y tus constantes “No
creo que sea para tanto...” me empujasteis hacia ese abismo con el
ahínco suficiente como para tirarme abajo. Aunque he de reconocer
que fuiste capaz de solucionarlo una vez te diste cuenta de lo que
habías hecho, pero veo necesario puntualizar que podrías haber
evitado tan incómoda situación con solo un poquito más de mesura a
la hora de hablar y exigir información. No me esperaba para nada
algo así, pero te puedo asegurar que había pocas cosas que desease
más. No me creía que así, de la nada, me hubieses besado.
Entiende
que entonces me indignase. Era yo el enamorado, era yo el que tenía
pensado sorprender con algo bonito, quizás un cumplido camuflado, un
paseo por ese parque cercano, perdernos por aquellas zonas dónde las
plantas crecían lo suficiente como para no dejarnos ver el cielo que
nos cubría, y entonces, solo entonces, besarte. Pero no, tenías que
aparecerte tú a romper todos mis planes. ¿Qué iba a hacer yo
entonces? ¿Debía responder? ¿Debía rechazarlo para,
instantáneamente, como si del principio de acción-reacción se
tratase, intentar besarte yo? Toda estructura de realidad que había
concebido hasta entonces para sostener la situación en la que me iba
encontrar durante aquella cita había sucumbido ante un minúsculo
pero devastadoramente preciso atentado. Y no me dejaste con otra
opción que la de ser sincero.
No
te gustó, al menos no del todo, aunque notaba cierta pizca de placer
en tus ojos a medida que hablaba, como si a pesar de parecerte una
actitud exagerada e innecesaria fuese algo que te pareciese gracioso,
que me hiciese ser “un poco más mono”. He de reconocer que no sé
como hice para pasar de estar verdaderamente indignado para acabar
riéndome de mí mismo y mis palabras a carcajada limpia. Supongo que
fue culpa de tu mirada y, otra vez, de tu imponente sonrisa. No tenía
nada que hacer contra la suma de tales cualidades.
A
pesar de que te me hubieses adelantado a mis intenciones, no te
escapaste del paseo por el parque, los juegos de manos y las
sugerentes aunque inocentes palabras que , junto a aquellos
imparables tartamudeos, escapaban apelotonadas de mi boca como si
dentro hubiese algo que las cazase hasta la extinción. No fue hasta
después de eso que cogimos el metro para ir a mi casa. Un tedioso
trayecto de media hora destacado por una monotonía solo rota, otra
vez, como si hiciese falta decirlo, por tu sonrisa y las variadas
reacciones de la gente a nuestro alrededor. Aún así he de decir que
sigo pensando que algunos miraban más aterrados que fascinados. Pero
eso no es algo que tenga que importarte.
Entonces
llegamos a mi piso. No me acuerdo con certeza de que pasó en cuanto
entramos, solo sé que fue uno de los momentos en los que más gocé
de mi vida. Llevaba mucho tiempo sin pasarlo tan bien con alguien, y
tú fuiste más que un soplo de aire fresco para mí. Debían de
haber pasado horas cuando, junto a la baranda de la terraza, nos
abrazamos y nos prometimos amor eterno. Pero, de repente, yo estaba
cayendo. No fuiste capaz de gritar. Vi en ti aquella sonrisa que
tanto me gustaba, y me alegré, porque supe que, aunque no pudiese
estar contigo, tú eras feliz.
Saludos
Shin Kirihara,
Me
entristece tener que ser portador de tan oscuras noticias, pero me
temo que otro caso se nos ha ido de las manos. El índice de
suicidios siempre había sido preocupantemente alto, pero
encontrarnos con que tantas víctimas de la desolación provocada por
sus vidas y la locura desatada consecuentemente escriban cartas a una
supuesta amada de la cual nadie sabe nada no hace más que llenarnos
de miedo y dudas. No entendemos como puede ser posible que
absolutamente todos coincidan en la cita respecto a lo que sucedió
con la mujer, pero variando de formas tan dispares lo que hacía cada
uno de los sujetos. Empiezo a plantearme que en vez de suicidios sean
homicidios, no puede ser casualidad que todos se ahorquen colgando
sus cuerpos semidesnudos desde la terraza.
Ya
sabe que yo no soy muy de creer en éstas cosas, pero incluso me
atrevería a plantear que pueda haber alguna causa paranormal detrás
de todo ésto. Algún espíritu atormentado, posiblemente de una
joven enamorada a la cual dejaron plantada. Otro factor común en
todas las cartas es la preparación previa a la supuesta cita que
tenían todos los sujetos, así que posiblemente se tratase de
aquella niña que murió meses atrás, siendo brutalmente violada
antes de ser pasada por la afilada hoja del cuchillo de uno de sus
captores. Nunca se investigó qué hacía la chica sola por aquellas
calles, pero los horarios descritos en las cartas de suicidio
coinciden de forma espeluznante con uno que he compuesto intentando
hacer posible tales recorridos y el horario de muerte de aquella
víctima.
Le
ruego que perdone mis desvaríos, ya me conoce y sabe que este tipo
de casos me quitan el sueño. Entienda que me pone de los nervios
pensar en la edad de todos éstos jóvenes, asombrosamente cercana a
la de mi primogénito, y solo de pensar que podría pasarle a él
algo parecido hace que se me retuerza el corazón. Ya he perdido a un
hombre del equipo al que he enviado a casa a velar a un hijo, que fue
una de las primera víctimas cuando aún no habían empezado a caer
uno tras otro. Supongo que ya entiende por qué le estoy contando
ésto, nunca se me dio bien disimular.
Por
lo que más quiera en el mundo, no me retiren del caso si, por un
casual, llegase a verse involucrado algún familiar mío. No harían
más que destrozarme aún más, y el hecho de que me retirasen el
permiso para seguir investigando no haría más que hacerme sentir
inútil e impotente. Le aseguro que así no harían más que acabar
de hundirme. Sé que no soy quién para pedirle ésto y podría
meterla en un lío, pero ésto no lo firmo como policía a sus
órdenes, sino como su amigo.
Con
mucho afecto, me despido
Lee
Shen
PD:
Lo que ha leído antes de ésta misiva mía es la nota de suicidio
que ha dejado la víctima. Sé que no debería habérsela pasado en
secreto, pero he considerado que usted tenía que verla cuanto antes.
Desde pequeño fue siempre muy
aficionado a la lectura, aún más a aquella de origen japonés
(aunque su falta de dominio del idioma no le dejaba con otra opción
que leer la traducción castellana), y la edad no le había quitado
el afán por las novelas policíacas, en especial las paranormales
aventuras protagonizadas por Kirihara y su ayudante Lee.
Sin tiempo de marcar la página
donde había dejado la lectura, Pau cerró el libro de forma torpe y
atolondrada, dejándolo tirado encima de una cama deshecha. Sabía
que hacer esperar a su madre no era algo bueno, pero aún así la
había vuelto a forzar un poquito más que el día anterior. Con el
paso del tiempo había notado que había un margen de tardanza sobre
el que podía moverse sin correr el riesgo de ser castigado, siempre
que su madre no estuviese en lo que su hermano mayor llamaba “esos
días” (entonces era inevitable quedarse sin postre). Tras darse
cuenta de la existencia de tal margen, el pequeño joven había
decidido que intentaría aprovechar ese tiempo hasta un poquito más
del límite ya establecido, con la esperanza de así conseguir
ensanchar un poco esa franja sobre la que oscilaba.
Al
acabar de bajar las escaleras casi se chocó con su hermano Marc, que
por lo que le pareció venía de discutir con sus padres. “Lleva't
del meu camí petitó, avui no estic per jocs.”
le
rugió amargamente, con cierto tono de pesadumbre bañando sus
palabras. “Perdó...”
se disculpó Pau, preocupado. No
entenc què li passa darrerament. Últimamente
la relación con su hermano iba a peor, pudiendo llegar a pasar días
enteros sin siquiera cruzar palabras, compartiendo como mucho
antipáticos gruñidos. “Tant se'm fot que demanis perdó, no
necessit les teves disculpes. Sols has de llevar-te d'enmig.”
volvió a gruñir su hermano. Sin dudarlo, Pau se apartó
rápidamente, aunque no lo suficiente como para esquivar aquella
mirada de soslayo que le lanzó Marc. Una mirada de aquellas que no
se olvidan tan fácilmente.
Pero
los problemas no acababan ahí. La
mare està plorant. De
no ser por ese último altercado con su hermano, habría pensado que
lo hacía por su culpa, que habría descubierto que llegaba tarde a
propósito. Quizás era por las dos cosas, quizás su hermano se lo
había contado a su madre para intentar salvarse de otro castigo a su
persona. “Mare...” llamó Pau inquieto e intranquilo. Tapándose
la cara y sin parar de llorar, su madre apoyó un plato lleno de sopa
sobre la mesa. Tras intentar escuchar atentamente a las
ininteligibles palabras que pronunció su madre, dio por hecho que lo
mejor que podía hacer era irse. Fue entonces, al girarse, cuando se
dio cuenta de aquellas pequeñas manchas de sangre en el suelo. Ara
ja sé per què plora. S'ha tallat. Darse
cuenta de por qué su madre estaba tan mal y de por qué su hermano
habías sido tan antipático le reconfortaba. Ell
estava inquiet perquè es preocupa per la mare. Té por.
Aún así, dentro suyo sabía que algo iba mal. Su inocente corazón
de niño pequeño lo atribuyó a que el corte era más grave de lo
que podía llegar a pensar, pero en lo más hondo de su ser una duda
corroía su alma.
Sabía
que eso no era lo que había pasado. Sabía como eran las cosas, pero
se había cansado de tener que mentirle a todo el mundo cuando decir
la verdad era más fácil. Además, cuando uno cuenta aquello que
cree que es verdad se siente mejor. Al
manco això deia l'avi. Com l'enyor, ell hauria sabut què fer.
Llevaba
meses haciendo lo mismo. Para evitar mentirle al resto, se había
mentido a sí mismo. A pesar de saber la verdad, se había hecho
creer que aquella no lo era, creando una nueva realidad sobre la que
hablar. Así, todo era más fácil: en vez de mentirle al mundo, se
mentiría a sí mismo. Entonces, al contarle los hechos al mundo,
conseguiría ocultar la realidad sin mentir.
Sin
darse cuenta debido a su ensimismamiento, llegó hasta las escaleras,
donde tropezó, volcando la sopa sobre alguien. No se escuchó
ninguna réplica. Subió la mirada para, sorprendentemente,
encontrarse con su padre. Bueno, todo menos su cabeza. “Vine, ha
arribat el teu torn.” escuchó decir al cuerpo, sin entender cómo
hacía para hablar sin boca. Potser
les meves novel·les s'han tornat reals.
La falta de sentido de la situación no hizo que perdiese la calma, y
siguió a su padre hacia el jardín. En el centro yacía, orgullosa,
una bella guillotina. Con un detallado acabado que tomaba por forma
las siluetas de los pensamientos de toda esa gente que había pasado
por ella, descansaba bajo el sol del alba, esperándole. No
estava a punt de sopar fa un moment?
Nunca había controlado muy bien los horarios, así que achacó a
ello tal desfase temporal.
“Tomba't
recolzant el teu coll sobre ella.” le dijo aquél cuerpo que había
sido su padre. Boca abajo, buscó una cómoda posición para dar un
rápido fin a la perturbadora situación. “No fa falta que et posis
mirant cap al terra, on és més fàcil conformar-se.” le dijo
aquella impasible voz. És
clar. Ara ho entenc.
Se dio cuenta de que no tenía sentido ponerse hacia abajo. Su
comportamiento, junto al de todo el resto de personas, había sido la
ignorancia: dejar de lado aquello que tenían delante de sus ojos.
Injusticias pasaban día a día, y el ser humano ya no necesitaba
mirar hacia otro lado. Había desarrollado una indiferencia que le
protegía de toda posible culpabilidad que pudiese sentir. Se giró,
y se dio cuenta de que la hoja de la guillotina le tapaba el sol. ¿De
qué servía que se pusiese boca arriba si no iba a sentir su abrazo?
Como si hubiese leído su mente, la voz se puso a hablar, ésta vez
altiva y autoritaria. “Els fets t'envoltaren tot aquell temps, però
tu els ignorares, cobrint-te amb una capa de mentides. ¿Per què
hauries de necessitar l'escalfor del sol, la seva il·luminació, ara
que ja és massa tard i dus tant de temps sense haver fet res, sense
haver ni tan sols apreciat la seva calor?”
Torna
a tenir raó.
Sin rechistar, aceptó su destino. En las novelas que había leído,
hoja caía veloz y amenazante sobre la cabeza de los malos, pero
ahora era capaz de ver como la hoja cortaba poco a poco el aire, la
luz, la esperanza y todo aquello que se encontrase a su paso. Als
meus contes tot acabava sempre bé.
Aunque tardó, llegó el esperado momento. Sintió el frío corte del
acero sobre aquél cuello que segundos antes había sujetado su
cabeza. A pesar del lento descenso sobre el aire, el corte fue lo
suficientemente rápido como para no darle tiempo a pensar en aquél
gélido beso. Y, al igual que el resto del mundo, desde entonces no
volvió a pensar.
Agitado,
Pau despertó. Había vuelto a soñar con aquella fatídica noche.
Aquella última vez en la que vio a su hermano, aquella última vez
que supo algo sobre la existencia sobre Marc. Esa
noche no le perdí solo a él. El
saber que no le había vuelto a ver y no había sido capaz de
dedicarle unas palabras de despedida era algo que aún setenta años
después de lo sucedido seguía carcomiéndole el alma, royéndole
los huesos y acelerando su corazón más de lo que pudiese ser sano
para su avanzada edad. Aún le dolía recordar aquella última
mirada, tan llena de un profundo odio que nunca había llegado a
entender. Si tan
solo supiese por qué te fuiste. Pero
no era eso lo único que le atormentaba. Esa noche algo más había
muerto dentro de él. No
solo escapó de mí aquella parte ligada a mi hermano. También perdí
parte de mi identidad. Algo mío.
Tras
seguir cavilando un rato, se dio cuenta de que su amada no estaba a
su lado. La llamó varias veces, alternando gritos y susurros.
“Catalina... ¡Catalina!” Pero aún así, ella no venía. Fue
entonces cuando cayó en ello. Ella
también me abandonó. Nadie se queda conmigo hasta el final, ni
siquiera yo mismo.
La realidad nunca era lo que esperábamos de ella. Daba giros
inesperados de formas que podían llegar a ser muy crueles. Un día
uno estaba viviendo un romance ideal y al siguiente de éste no
quedaba nada. Igual podía pasarnos con la familia, los amigos, los
estudios, el trabajo e incluso una parte de nosotros mismos. Sólo
había una realidad de la que podía estar seguro: iba a tener que
cambiar y lavar las sábanas otra vez, porque había vuelto a mojar
la cama.
Nachokage