“Ya no sé quién soy, que soy. De cada
vez me parece que pertenezco menos a este mundo, o por lo contrario, ahora si
formo parte de él, no como el resto de personas que me rodean, tranquilos,
ajenos en su rutina a lo que les rodea. He desaparecido. Ya no soy nada y sin
embargo sigo existiendo. “
Con un goteo rítmico, la sangre cae de la mesa, formando un enorme charco negro y pestilente que ya se está secando por los bordes. La habitación, completamente a oscuras, aun permite apreciar los cadáveres de lo que una vez fueron dos personas llenas de vida. En cada sombra, una multitud de ojos observan con frialdad cada uno de sus movimientos.
Cloc, cloc, cloc… gota a gota, un rio de sangre corre por la sala, esquivando hábilmente muebles y dirigiéndose a la esquina más oscura de la sala. Al dirigir su vista hacia ese lugar, una intensa mirada destaca sobre las demás, una mirada cargada de diversión.
Reconocería
esa mirada en cualquier sitio. Era él y venía a buscar su premio. Sabía que había
ganado, sabía que él le había dejado ganar. Ahora ya le pertenecía y a la vez
era libre.
Con una
mirada fría y seria, abandonó la residencia de sus padres para no volver a ser
visto nunca.
Sam
Sam
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