[...] Miré mi reloj y suspiré. No entendía nada, así que descarté rápidamente que fuera capaz de saber qué hora era. O quizá era simplemente que no quería saber qué hora era o saber dónde me encontraba, ya que realmente ni pensaba en ello. Lo único que me importaba en aquel momento eran los túneles del metro, que se expandían a medida que mi vagón avanzaba, y aunque no supiera en qué vagón podía estar, ni si iba hacia delante o hacia atrás, era una sensación muy segura e incluso atractiva, que no hizo más que alentarme a seguir adelante con mi día.
Al salir de los oscuros, opacos y simpáticos túneles del metro, todo se me vino encima. Todo se desplomó sobre mí con abundantes colores y formas, que totalmente irreconocibles, me resultaban más familiares que mí mismo, por lo que no me asusté en absoluto y proseguí mi rutinario camino sin dejarme impresionar. Con mi cabeza en miles de sitios a la vez, la cuesta se me hizo eterna, cada paso era un interminable viaje: una sucesión de paisajes de enmarque que eran para mí un deleite de los sentidos, una brecha que abría paso a mi mente hacia conocimientos que jamás hubiera imaginado. Y a pesar de no recordar qué se escuchaba a mi alrededor, recuerdo que fue un momento de calma total, en el que nada ni nadie pudo distraerme. Pero al llegar a clase todo cambió. Abrí la puerta, chirriante pero ligera, y fui a sentarme en la parte de atrás, para asegurarme que no llamaría la atención de nadie durante toda la lección. Me senté, y empezó el verdadero viaje. [...]
Axtin Carax
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