La marea subía cuando el sol se ponia allá, en el horizonte. La espuma de mar se quedaba en la orilla cómo el cuerpo de una sirena varada cuya maldición la había consumido como había pasado tantas otras veces. Los interminables acantilados de la desesperanza se extendían hasta donde alcanzaba la vista mientras que el rumor del mar no cesaba nunca de recordar a cuantos habían partido y jamás volvieron.
En la arena escribía una y otra vez un nombre. Un nombre que no me pertenecía a mi ni a nadie que conociese. Un nombre sacado del recuerdo de un sueño.
Podía pasar horas mirando al mar sin saber siquiera que buscaba, si es que buscaba algo. Lo veía volverse más y más negro a medida que el sol se ponía. Imaginaba con temor a las criaturas que habitaban en las frías profundidades del mundo, dioses olvidados cuyos letargos podían durar eras, seres de cuentos de hadas emergiendo de aquel interminable mar, terrores y demás...
Plutón se había alineado con Marte, aquello nunca presagiaba nada bueno.
Pero eso ya lo sabía, por que el viento se levantó con mi voz, susurrando en su antiquísimo idioma blasfemias contra el orden natural. Y aunque cada vez soplaba con más violencia el nombre en la arena no se borró por que era el reclamo de los caídos.
Huesos y carne putrefacta se levantaron de todas las fosas y tumbas del mundo. Allá dónde había vencido la muerte una vida corrupta nacia para servir a los propósitos de un dios venido del reino de los hombres.
Y su nombre era K...
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