Se despertó repentinamente, dándole
un salto el corazón. El despertador, sí, el despertador. Las tres y
veintisiete. De la mañana. Maldito insomnio. Llevaba días sin poder
conciliar el sueño. Y aparte, estaba esa repentina debilidad. Debía
haber pillado algún virus y ahora le estaba pasando factura. Notaba
como dificultad para respirar, como un pinchazo en el pecho... y mira
que nunca había fumado. Justo recordarlo, hizo que le viniera la
tos. Empezó a toser con fuerza, una tos ronca y violenta que sacudía
su cuerpo. Él sabía que esa tos no era normal. Tendría que ir al
médico, pero... Ah. Mierda, mierda, mierda. Algo se ha roto allí
dentro. Algo está... mal. Es el pecho, le duele con fuerza. Él se
agarra el camisón de noche con fuerza. ¿Un infarto? Qué va, a sus
treinta años era imposible eso, él era una persona sana. Pero algo
está roto. ¿Serán meras ilusiones? Duele. Duele. Camina
dolorosamente hasta el comedor, dónde reposa el teléfono. Tap, tap,
tap. El golpeteo de sus zapatillas mal puestas contra las baldosas
suena gracioso. Gracioso en esa delicada situación. Llega al
butacón, se deja caer. Cada vez duele más... Alarga la mano hacia
el teléfono, y... En ese momento, se da cuenta de que está perdido.
Lo sabe porque le pasó hace años a un amigo de su padre, al Berto. Está
jodido... Y él no piensa quedarse paralítico. No quiere una vida
así. Él quería envejecer, no quedarse tirado a los treinta de un
ataque... Toma aire con fuerza, y lo escupe seguidamente, acompañado
de un chorro bermellón. Ha sido peor, la arteria acaba de partirse
aún más. Moribundo, decide darle un toque dramático a su muerte.
Sentado en su butacón, con las zapatillas, los calcetines viejos y
esa camisa grande que compró de segunda mano, moriría. Y en ese
momento, la vocecilla de la gracia que siempre aparece en los peores
momentos, le sugirió coger el primer libro que tuviera a mano.
"Parecerás una persona culta. Culta... pero muerta". Con
este último pensamiento murió, agarrando con fuerza el libro que
había cogido. Lástima que el libro en cuestión, fuera una baratera
revista de corazón, con la Esteban -ahora manchada de sangre- en
plena portada.
Ándros.
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