"Uuuuuh...
Stop."
El
humo del cigarro se elevaba, con sinuosas formas, hasta el techo
amarillento por culpa de la humedad. "Esta tarde debería llamar
al pintor", pensaba el dueño de unos ojos vacíos de ilusiones
y esperanzas. Los acordes de la canción que en ese momento empezaba
por la radio le recordaban vagamente a algo, algo que le incitaba a
levantarse y cambiar esa rutina de mierda que era su vida, algo que
le llenaba el espíritu de rebeldía e inconformismo. A tientas
alargó una mano hacia la mesilla que tenía junto a la butaca.
Arrastró la mano por la mesa hasta que topó con una botella,
tirando con dicho movimiento varias pastillas que había
desperdigadas. Una guitarra eléctrica entraba entonces en la
canción, mientras él empinaba la botella, buscando en el líquido
ambarino una sensación que le ayudara a abandonar su cuerpo. Se paró
de beber. Levantó la vista, y ante él se topó con ese espejo
recuperado de la casa de su madre hacía siete años, un espejo
gastado y viejo, con ese horroroso de los 50'. Sus pupilas buscaban
el hombre que una vez había sido: decente, trabajador, simpático,
inteligente. Pero en ese argénteo cristal pintado solamente se
reflejaba la sombra de un toxicómano suicida que no llegaba a los
cuarenta años. Un hombre arruinado, a escasos días de
ser desahuciado, que se ganaba el sueldo repartiendo publicidad en
casas de gente feliz. Y ese hombre, ese pobre desgraciado, estaba
harto de su asquerosa rutina.
"With
your feet on the air and your head on the ground..."
La
botella que hacía unos instantes relamía se estampó contra el
espejo, convirtiéndolo en una lluvia de destellos plateados que
intentaba reflejar el moribundo sol que se ponía. Viró bruscamente
y se encontró con la butaca. Con toda la fuerza que pudo reunir en
sus enclenques brazos levantó la butaca sobre su cabeza, butaca que
segundos más tarde impactaba contra la ventana y se precipitaba
hacia la calle entre una lluvia diamantina de pedacitos de cristal.
"Try
this trick and spin it, yeah."
Ese
día iba a cambiar la vida de muchísima gente, ese día empezaba su
revolución. Y no hay revolución sin víctimas. Un sacrificio
aceptable, a su parecer. Mientras rebuscaba en un cajón de la cómoda
que antes soportaba un gigantesco espejo, él pudo oír cómo gritos
de terror y pánico empezaban a hacerse oír calle abajo.
Posiblemente la butaca habría caído sobre alguien. Y ese alguien
podría estar ahora con las piernas partidas debido a un golpe con el
respaldo de madera. O con el tórax hundido, y las costillas
desgarrándole algunos de sus órganos internos. O quizás yacería
simplemente debajo de la butaca, inmóvil, con el cuello colocado en
un ángulo imposible. No hay revolución sin víctimas. Lástima,
pues él quería ser el primero. Y tenía otra idea. Necesitaba
el objeto que él recordaba en manos de su abuelo, cerca de quince
años atrás. Ese objeto le ayudaría a empezar su revolución
personal. Con una pizca de suerte, funcionaría y todo. Solamente
necesitaba usarla una vez, no iba a haber una segunda oportunidad. A
su alrededor, los cajones volaban, y la habitación estaba quedando
cubierta de viejas servilletas de paño y papeles olvidados años
atrás. Encontró el revólver enseguida. Una vieja reliquia de su
abuelo, envuelta en un paño, que llevaba sin ver la luz cerca de una
década.
"Your
head will collapse if there's nothing in it, and you'll ask
yourself..."
Pero
no todo podía ser perfecto, eso no era una película. Había un
precio que pagar. Vidas como la que segundos antes había puesto
punto final gracias a su colaboración y a la de su fea butaca. En el
momento en que sus dedos tocaron el revólver, un escalofrío le
recorrió la columna vertebral. Presa de la impotencia y víctima de
los remordimientos, echó a correr hacia la ventana, saboreando las
palabras que iban a salir en apenas un segundo de la radio.
"Where
is my mind..."
Y
saltó. Fue el mayor salto que había pegado nunca. Estaba seguro de
que nunca había estado a tanta altura saltando, pues esa era la
primera vez en que él saltaba desde un quinto piso. Y sin embargo,
sin nada sólido debajo y empezando la trayectoria determinada por la
gravedad, el corazón le dio un salto y su vacía mente pensó en
rebobinar la acción. Demasiado tarde. Ahora, mientras en la caída
se acercaba el cañón del revólver a la boca, su mente únicamente
recordaba la canción de la radio.
"Where
is my mind, wheeeeere is my mind..."
La
pistola funcionó, y la mente que el pobre desgraciado no encontraba
se dejó ver, libre de su prisión natural de hueso. El hombre que
caía sufrió una repentina convulsión, un movimiento brusco y
antinatural, tras el cuál quedó inmóvil y cayó como un peso
muerto. Bajo suyo, y también bajo la butaca, un charco rojo teñía
parte de la acera, charco que serviría de colchón en el último y
eterno sueño de nuestro hombre arruinado. Llamémosle ironía,
llamémosle casualidad, pero dicho hombre cayó de espaldas sobre la
butaca, en una posición en la que parecía estar sentado. Y debajo
de él, las costillas de la primera víctima de su efímera
revolución volvieron a crujir.
Ándros.
Me gustó. Y el detalle de los versos introduciendo (en algunos, de rebuscada manera) el párrafo por venir, no ha quedado nada mal. Sigue subiendo!
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