La miro, sereno y expectante, desde el sofá de cuero. Ella prosigue:
-Y no se tu nombre, ni tú el mio, ni eso es relevante. Simplemente vuelvo a aparecer en esta habitación blanca y mohosa. Pero tú sigues estando solo, con tu muerte incompleta has traspasado definitivamente el mundo para venirte con los fantasmas. Solos en esta pequeña y mohosa habitación y nada más existe.
Nos miramos a los ojos, sin insolencias, como en el un espejo que examinamos. Observando el extraño que nos somos, sin decir nada, con todo nuestro pasado derruido como un pueblo de montaña abandonado dónde quedan solo los cimientos. Solo así, sin paredes, entendemos después del final, solo entonces, la magnitud desbordante de cada historia. Desvanecida entre escombros, quedando solo el rastro único de noches frente a la chimenea y reuniones tribales. Entre espejos de fantasmas.
Solo en ese momento me doy cuenta de que va descalza, con una camisa ancha sin mangas y unos shorts que dejan entrever curvas blancas. Le mantengo la mirada cómodamente y me acurruco en sus ojos oscuros. Los dos observando la marina calma de unos ojos enlazando recuerdos imprecisos. Niños entendiendo que el mundo va más allá de sus cuatro direcciones, de nuevo. Impregnado de tomate frito, agua, vómito y sangre, me fuí durmiendo.
Me desperté y ella ya se había quedado dormida. Los dos tumbados de lado, ella se habia quedado, dulce, recogida en la butaca de delante, tapada con algo que parecía más una alfombra que una manta.
Mirándonos fijamente en silencio, explorandonos. En esa noche tan extraña de invierno en que quería alargar el momento una y otra vez sin importarme cuanto se deformara.
Chaser
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