Lo medito un instante y niego secamente.
-Quizá somos como Horacio y la Maga.
-Tampoco, somos animales desolados, con un corazón inexperto y una mentalidad pobre refugiada en el nihilismo, por ejemplo aquí, este paseo con riachuelos de sangre y las montañas nevadas en las lindes de la urbe que no acaba, la brisa, una corriente oceánica, no seremos capaces de mostrarlo (¿y mostrar qué?) si apenas comprendemos que es lo que somos y que es lo que vemos, qué es esto, tu y yo... no conocemos las palabras, no hay amor ni deseo ni amistad, pero no es que no haya nada, es como encontrarse con otro náufrago en la tormenta última, pero yo sigo acompañandote sin saber siquiera tu nombre y sin sabes que buscas, y tu me acompañas a mi y no sé porque, y yo no se que busco.
Detrás suena una voz rasposa y con barba gris:
-Necesitais la miopia para entender la estética escondida en los colores. No podeis verlo todo con espacios, no hablo de sintoísmo ni demás espiritualidades, pero el mundo solo se entiende en una fusión de aparente caos. Esa ventana de ahí, un miope ve solo una indeterminación entre la pared y la ventana, el agujero, el espacio, formará parte de la habitación, y el mundo de dentro y de fuera será el mismo mundo, sin cristales, o la montaña, la montaña y el mar se difuminan con el cielo y entonces... bueno, puedes verlo todo como una pared azul que no acaba nunca, el entramado de historias del que hablaba mi diario perdido. Pero eso ya da igual. Esta partida... si es el turno de las blancas, las blancas iniciarán un camino arrollador y gano inexorablemente y mi oponente lo sabe, si en cambio van las negras, las negras ganan y yo se eso, pero no sabemos quién va, y llevamos ya tres décadas aquí esperando y pensando, buscando la laguna insondable y oscura que desentrañe esta parálisis en el tiempo, y quizá os pregunteis porque, bueno, el caso es que apostamos la vida en esta partida.
El oponente, al verla a Ella, mueve la reina. Es jaque, desde ese punto las negras dominan y conducirán a las blancas al desastre.
El viejo barbudo esquelético ve ese movimiento y su cólera se le sale por los ojos. En un manotazo atronador lanza todas las piezas fuera y caen en el riachuelo rojo y, para mi asombro, no son las torres o los reyes los que más salpican, sino los caballos. Los peones, ligeros, se pierden en el cauce y las alfiles permanecen de pie inmóviles en la superfície.
El oponente, que es una sombra, le desgarra la garganta al viejo con un cuchillo de humo y se desvanece. El viejo se ahoga de rabia y cae como un peso muerto al riachuelo. Los álfiles permanecen inmóviles.
Un camión de cola pasa arrollando los charcos muertos anunciando un nuevo sabor revolucionario que además no lleva azúcar, algo digno de ser anunciado a los cuatro vientos y celebrado con gritos de jubilo desbordante.
Los peones se pierden en la corriente tras la curva, los álfiles permanecen inmóviles.
Chaser
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