El
hombre calvo de la bata volvió a suspirar. No entiendo qué
quieren.
Llevaba horas encerrada en aquel cuarto completamente a oscuras. Los
minúsculos atisbos de luz que era capaz de percibir tenían por
objetivo las incontables arrugas de ese curioso hombre que,
interrogante, se escondía tras unas pequeñas y redondeadas gafas de
un llamativo color que no alcanzaba a distinguir. “Le volveré a
preguntar, señorita Lindemann. ¿Qué pasó con el doctor?” oí
decir a la voz del enigmático señor que me interrogaba. Tranquila,
impasible y monótona, su voz no había cambiado en ningún momento.
No importaba si yo llevaba minutos, horas o días ahí dentro, solo
sabía que había sido incapaz de notar cambio alguno durante aquel
período. Si no lo estoy ya, no falta mucho para que caiga presa
de la locura.
No recordaba cómo había llegado allí, y menos aún por qué razón
había sido trasladada. Oí un suspiro, unos pocos pasos y algunos
suaves murmullos que, según supuse, serían del envejecido carcamal
que me estaba interrogando. Al cabo de un rato, el anciano volvió
bajo aquel casi imperceptible halo de luz con un cuchillo en la mano.
Pocas veces había tenido tanto miedo. Yo había leído muchos libros
en los que los personajes se veían envueltos en torturas, e incluso
las más leves le habían parecido siempre repugnantes. Imaginar que
ahora pudiese tener la oportunidad de protagonizar una escena similar
hacía que su interior se retorciese. Los agónicos límites que era
capaz de concebir para tan sufrida y temida situación no se le
antojaban como algo gustoso en lo más mínimo. Fue entonces cuando
el señor de la bata mostró su otra mano, sobre la cual reposaba una
naranja fresca. “¿Quiere un poco señorita?”
Fue entonces cuando caí en que estaba realmente hambrienta. Un
poco de fruta no hace daño a nadie. “No si no es una sandía
de cuatro kilos cayendo desde una altura de siete metros señorita
Lindemann.” respondió a mis pensamientos aquel ser imperturbable
que seguía sonriendo, embutido en su bata, sin siquiera moverse. Sin
esperar a que yo dijese nada, peló cuidadosamente la naranja, como
si su vida dependiese de tal acto tan carente de importancia. “Todo
ha de hacerse con cuidado señorita, uno nunca sabe qué puede
suceder.” comentó tranquilamente el hombre que ahora estaba mucho
más cerca suyo, seguido siempre por aquel haz de luz, sin dejar de
separar uno a uno los gajos de la naranja, tan metódicamente que
asustaba. Necesitaba arreglar la situación, así que decidí empezar
por lo primero que pregunta cualquier preso ansioso por volver a ser
libre. “¿Cómo se llama, señor?” pregunté cortésmente.
“No lo sé.” respondió aquel sujeto, sin desviar aquella
imperturbable mirada que se clavaba en mis ojos. Me alcanzó un gajo
de la naranja, el cual ignoré al ver que seguía hablando. “¿Qué
nombre daría el pego con mi cara, señorita?” preguntó el
desollador de frutas, sin mostrar emoción alguna. ¿Se está
riendo de mí? Tras cavilar un rato, me dí cuenta de que no
sabía como podía llamarse el extraño sujeto. “No lo sé, no se
me ocurre como llamarle.” respondí algo exasperada. Dejó escapar
una pícara sonrisa antes de contestar. “No es algo que tenga que
ocurrírsete,” dijo el envejecido aunque jovial personaje, “mas
sino algo que debes notar, que debes descubrir. Te he dicho que lo
averiguases en mi cara.” Segismundo. Ése tiene que ser su
nombre. Segismundo Eustaquio. Pero yo no sabía como decírselo.
¿Tan complicado hubiese sido para sus progenitores, aquellos que
ahora yo maldecía, ponerle un nombre normal?
“Se equivoca señorita Lindemann,” me interrumpió Segismundo,
“aunque no de mucho. Según mi cara, me llamo Segismundo Eduardo.”
Estudió mis rasgos faciales durante lo que me pareció una
eternidad, y no fue hasta que dio un alegre suspiro que dejaba
escapar cierto aura de éxito que se pronunció don Segismundo. “Por
lo que veo te llamas Laura. Tus ojos se esfuerzan en intentar
disimularlo, pero esa nariz te delata.” Fue entonces cuando me
sentí verdaderamente desnuda.
Nachokage
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