Piensas en todos aquellos que esperan a alguien que los descubra en un callejón de vino barato y humo endulzado y se te escapa una sonrisa de piedad compañera de un corazón preso y presionado y un respirar difícil tras los semáforos en rojo.
Un peso de impotencia por no poder compartir nunca todas las charlas de estrellas con roces azules y rosas de aceite en la cama ni todos los insomnios de locura solitaria en castillos de piedra nevada olvidada.
Un peso de réquiem de ángeles muertos hace mucho, una decepción disonante al pensar en esos niños que corretean entre nubes de miel hacia su tumba helada con arañas en la boca. Aún así, la sonrisa de la condescendencia hacia la inocencia de la pasión tímida de jóvenes y hacia el quiero viajar tanto no puede ser reprimida. Como resultado esbozas esta sonrisa sollozada desde tu asiento ante la levemente incrédula desconfianza de quien se cruza con tu mirada.
Tampoco ahora te asustan los gritos desde fuera, aunque sientes cierta lástima por la anciana que en un patético intento de refugiar a la niña la cubre con su cuerpo maltrecho y decadente mientras el camión meteórico penetra de lado a toda velocidad, implacablemente divino, y te arrolla en un último cruce de miradas entre el verdugo iracundo, sorprendido por tu pasividad, y tu sonrisa consolada.
Chaser
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