Regueros de sangre salían de los cadáveres que dejaba a su paso a consecuencia de los consecutivos balazos que recibían aquellas inocentes víctimas.
Solo tenía un pensamiento claro en su siempre ajetreada cabeza: la muerte. La del personal del instituto. La de él mismo, una vez hubiera acabado con su labor. Estaba claro.
Después de tantos años, ejecutar su venganza le hizo sentir, quizá por primera vez en su vida, una auténtica sensación de liberación y disfrute de la vida. Se acabó el sufrimiento. Tan solo tenía por delante su objetivo.
Para cualquier otra persona resultaría incomprensible cómo aquel neurótico podía acabar con sangre fría con la vida de aquellos estudiantes de instituto, completamente ajenos a él. Pero ellos valdrían para su plan. Qué mas daba. Bien fueran aquellos gamberros que le hacían la vida imposible durante su adolescencia, bien fueran aquellos estudiantes que probablemente continuaran el legado de los acosadores. El mundo estaba envenenado. Y él asumió el papel de sanador, intentando suministrar el antídoto por la vía violenta.
No sintió empatía alguna por los gritos, llantos e imploros de niños ni profesores. Ni siquiera las amenazas que provenían por megafonía de la policía le hicieron retroceder. Debía cumplir con su deber. Costara lo que costara.
Consecuencia de ello, no sintió remordimiento alguno cuando le rebanó el cuello a aquella jovencilla pequeña que salió del baño, aparentemente ajena a todo aquel alboroto. Su cuchillo adquirió una capa rojiza sobre su característico tono planeado tras hendirlo en la suave y tierna piel de su cuello. Acto seguido se desmayó, moribunda. Su asesinato no produjo al psicópata placer ni displacer; simplemente la olvidó centrándose en su nueva víctima.
Por fin, su vida valía la pena.
Geist
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